No solo en Italia se instaló la nueva moda del populismo conservador audaz, sino en toda Europa. Pareciera que son los derechistas que están fuera de la caja los que entienden mejor la desesperanza juvenil, la paz necesaria que se ve amenazada por la migración y en especial la percepción de una Europa preocupada de la burocracia.

El 1 de junio, en la histórica Piazza del Popolo de Roma, llena por los cuatro costados, la líder italiana Giorgia Meloni cerró la campaña de su partido Hermanos de Italia a las elecciones europeas con un duro discurso contra los políticos tradicionales. Sus palabras planteando que su movimiento populista de derecha no renunciará a la plaza, porque viene de ella, retumbó posteriormente en las votaciones de los ciudadanos. También dedicó tiempo a acusar de hipocresía a sus adversarios moderados; llamó a una Europa fuerte y orgullosa de sus raíces, en contraste contra la migración y otra serie de imprecaciones que harían palidecer a los expertos en comunicación política.

El manual de lo incorrecto en su acto en la Piazza del Popolo terminó convirtiéndola de manera inesperada en la lideresa de Europa. El lenguaje fuerte, el exceso de comunicación no verbal, con momentos que recordaba a Mussolini, y sus soluciones directas a problemas concretos como la migración o los planes de salud, hizo sentido a los electores más jóvenes e incrédulos del sistema.

Giorgia Meloni, presidenta del Consejo de Ministros de Italia

No solo en Italia se instaló la nueva moda del populismo conservador audaz, sino en toda Europa. Pareciera que son los derechistas que están fuera de la caja los que entienden mejor la desesperanza juvenil, la paz necesaria que se ve amenazada por la migración y en especial la percepción de una Europa preocupada de la burocracia, y no de sus raíces como dijo Meloni. Todo ello es muy contraproducente a lo que de manera tradicional ha dicho la ciencia política. Las viejas teorías tipo teorema de votante de la mediana no tienen sentido en estos tiempos, donde las coaliciones moderadas terminan sucumbiendo ante su propia tibieza.

Extrapolando al país, suena difícil creer que las coaliciones tradicionales, y las candidaturas que están dentro del sistema serán los ganadores, aunque tengan mucha presencia en los medios o apoyos de los partidos constituidos. A partir de este error de sistema, se están generando una serie de decisiones políticas, como por ejemplo en Chile Vamos, donde vinculan la elección municipal al liderazgo de la alcaldesa Matthei en las encuestas. La misma visión de túnel tiene la centroizquierda, que ante el poco avance de figuras ministeriales en el gobierno, piensa como solución una nueva candidatura de la ex Presidenta Bachelet, como si fuera justo ir a pedirle que haga el servicio militar por tercera vez, debido a que los partidos no fueron capaces de construir liderazgos y propuestas en todo este tiempo.

Las propias encuestas muestran la distancia y la profunda desconfianza a las instituciones políticas después de cuatro años de experimentos que incluyen dos fracasos constitucionales, uno de cada lado. También si se revisa el sitio del Servel se verá un sinfín de candidatos independientes a alcaldes y gobernadores juntando firmas para sus respectivas candidaturas, con los consiguientes efectos en las elecciones de octubre. Las preguntas que se harán las personas antes de ir a las urnas tienen que ver con soluciones concretas a problemas complejos como la inmigración, la inseguridad en los barrios o las listas de espera en los hospitales. Esto pasará especialmente en el 40% que vota obligado, con la lógica desconfianza que los de siempre no han resuelto nada. Ese profundo espacio entre las demandas concretas y la oferta que está pensando el sistema para las próximas elecciones es un espacio de oportunidades para quienes quieran ir a buscar los votos a la plaza, como lo hizo Giorgia Meloni.